lunes, 14 de diciembre de 2020

Norah Borges


 


Nacida el 4 de marzo de 1901, como Leonor Fanny Borges Acevedo, en el barrio porteño de Palermo, es su hermano Jorge Luis quien la rebautiza como Norah. Estudió en Suiza a causa del tratamiento que su padre realizaba allí contra la ceguera, aquella misma enfermedad que heredaría el escritor. 

Luego se instaló en España, donde tuvo la posibilidad de frecuentar los círculos intelectuales de la vanguardia ultraísta de los años 20, cuyo objetivo era la renovación de los postulados literarios; algunos de sus elementos: el uso exagerado de metáforas, tecnicismos, neologismos, odas a los nuevos inventos de la época, una distinta disposición de las palabras para que los poemas, por ejemplo, formaran a su vez figuras abstractas.

Sin embargo, Norah Borges dejó el campo literario para su hermano -tal vez, evitando celos y competencias- y abrazó por completo las artes plásticas. La familia estuvo doce años en Europa (en Ginebra, Madrid, Sevilla y Mallorca) y Norah aprovechó para formarse en las distintas artes , sobre todo, en pintura y dibujo. En Buenos Aires, inspirada por aquellas tertulias ultraístas, se alejó de lo cotidiano para crear algo más que lo esperado.

“Norah Borges constituye una rara excepción dentro de la historia del arte argentino, debido a que su presencia en las décadas de auge de las vanguardias internacionales le permitió acompañar a personajes de la relevancia de Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Gabriela Mistral, y a los jóvenes poetas de renovación de España y de la Argentina, y establecer un diálogo plástico con los movimientos artísticos de esos años”

Uno de esos sentidos puede observarse en sus pinturas, con las que intentó plasmar una forma distinta de representar y mirar. Los colores pasteles como el rosa, celeste, amarillo, verde limón y ocre se repiten casi siempre, para dar forma (con un trazo muy claro y definido) a jóvenes personajes que habitan un espacio, donde la perspectiva no parece ser una preocupación.
Estas figuras irrumpen el cuadro con gesto serio y pensativo, como si posaran en plena contemplación o reflexión; quizá, sobre la imposibilidad de la absoluta perfección, algo que para la artista era de gran importancia: “Solo puede dar alegría la representación de un mundo perfecto donde todo esté ordenado, de contornos nítidos, de colores limpios, de forma definidas y de detalles minuciosos hasta la exaltación”. Ejemplos de ello son sus Balconcitos y zaguanes (1933); sus Paisajes (1946 y 1958); y la Vieja quinta (1966), en la que se observa una joven mujer recostada, disfrutando de unas frutas al aire libre, siempre en posición introspectiva.

En la Argentina, como hizo en España, Norah frecuentó a muchos de los intelectuales del momento. Entre ellos, a Adolfo Bioy Casares, Eduardo Mallea, Victoria y Silvina Ocampo, Oliverio Girondo, entre otros. Nunca fue una mera acompañante. Las ideas que surgían en cada encuentro se transformaron en más lienzos, dibujos y, con el auge editorial argentino, incursionó en la técnica de la ilustración. 

A partir de ahí, se lució dándole forma a las distintas tapas de libros y publicaciones que hicieron historia en el mundo de las letras, como Fervor de Buenos Aires, el primer libro de su hermano Borges; Platero y yo, de Juan Ramón Giménez; La hija del tiempo, de Nelia Gardner White, y portadas de revistas argentinas y españolas como Martín Fierro, Grecia, Ultra y Baleares.

En estas ilustraciones, casi como sucede en muchas de sus xilografías y dibujos, se reconoce el interés de Norah por determinadas arquitecturas, fachadas de edificios, infraestructuras de exterior y personajes que asoman desde un trazo limpio y un tanto naif. Por su parte, ayudó a representar y a darle forma a ese Buenos Aires que su hermano inmortalizó en palabras.

Amor de colores

“En mis cuadros, he pintado jovencitos silenciosos que viven esperando el amor. Y el amor no les llega en mis cuadros, pero ellos lo están esperando. Eso pinto”, dijo Norah una vez. Ella, por su parte, lo encontró en España donde se casó en 1928 con el escritor y crítico madrileño, Guillermo de Torre. Hay quienes dicen que también vivió eclipsada por la fama de su marido, quien logró convertirse en un gran referente de la Generación del 27.

Norah le dedicó varias pinturas. También ilustró algunos de sus libros, como el poemario Hélices (1923).

Manuel Pinedo: alter ego de Norah Borges

Entre 1946 y 1947, Norah incursionó en la crítica de artes, en la revista Los anales de Buenos Aires. Sin embargo, lo hizo con el seudónimo de Manuel Pinedo. Jamás quiso firmar con su verdadero nombre por la humildad que le profesaba a su hermano. Ella sabía que el escritor era él y nunca quiso reconocerse como tal. A propósito, el autor de El Aleph siempre agradeció esa inmensa delicadeza en cartas y otros escritos.

Desde sus columnas, reflexionó y echó un poco de luz sobre obras de distintos artistas de la Argentina y del exterior, como Cándido Portinari, Onofrio Pacenza, Raquel Forner, Antonio Berni y Ramón Gómez Cornet, entre muchos otros.  

Últimos años y reivindicación

A sus 97 años, todavía envuelta en aquel bajo perfil y poco reconocida por el canon del arte nacional, murió el 20 de julio de 1998. Sus restos descansan en el Cementerio de la Recoleta, en el panteón de la familia Borges. Hoy, sin embargo, la historia y el MNBA la rescatan de las sombras que padeció por años para incorporarla, de ahora en más, en el panteón de las grandes mujeres artistas de la Argentina.






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