lunes, 16 de julio de 2018




Vamos a recordar a Cristina García Rodero, esa fotografa española que dice «Cuando salgo a la calle no veo nada; sin embargo, cuando cojo la cámara suceden muchas cosas»...
Y tanto que suceden...

Cristina García Rodero nació en Puertollano (Ciudad Real) en 1949 y gracias a lo que un día la llevo a coger la vieja cámara de su padre, ha llegado a convertirse en lo que actualmente es, una fotógrafa reconocida tanto a nivel nacional como internacional.



Giacomo Ceruti



 Milán, 1698-1767
Sobre la vida de este pintor, reconstruida en el siglo XX, quedan bastantes lagunas por completar, entre ellas los años de su formación y primeros trabajos. Se sabe que su familia era oriunda de Brescia, donde Ceruti está documentado en 1711 y 1721. El primer encargo al pintor que se conoce es una decoración religiosa para la parroquia de Rino di Sonico, finalizada en 1723. Al año siguiente firmó un grupo de retratos de altos dignatarios de Brescia, ciudad donde se instaló entre 1726 y 1728 para llevar a cabo la decoración del Palazzo Broletto, residencia del gobernador. Ése es también el momento establecido para fechar los encargos que realizó para la familia Avogadro, sus telas de mendigos, un género al que dio una orientación novedosa si se toma como referencia el estándar de su época. Parte de esas pinturas se encuentran todavía en Brescia y se consideran lo más llamativo de su producción. Entre ellas están La lavandera y Dos mendigos (Dos desgraciados), conservadas en la Pinacoteca Tosio Martinengo. Entre 1734 y 1739 trabajó por el Véneto. En 1736 está documentado un pago al pintor del mariscal Schulenburg, entre cuyas pinturas se hallaba la obra Grupo de mendigos de la colección Thyssen-Bornemisza. De 1737 a 1738 estuvo trabajando en la iglesia de Santa Lucia de Padua, ciudad a la que regresó un año más tarde. Entre 1742 y 1743 se instaló en Milán, donde continuó realizando obras religiosas y retratos. Pese a su numerosa producción con historias sagradas y santos, el verdadero interés de Ceruti se encuentra en sus lienzos con mendigos.

 Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

viernes, 13 de julio de 2018

Bach: Erbarme dich, mein Gott


El aria nº 39 de La Pasión según San Mateo BW244, Erbarme dich mein gott –Apiádate de mí, Dios Mío– es uno de esos ejemplos de la capacidad que tiene la música para emocionar. Desde el principio. Antes de que la contralto abra la boca y comience a cantar, el violín y la orquesta nos trasladan a un ambiente de extraordinario recogimiento y nos dirigen, poco a poco, sin prisas, a la espera de la voz que inicia la humilde plegaria, Ten piedad de mí, Dios mío. Una sensación de fuerza sorprendente a la que Johann Sebastian Bach, hombre profundamente religioso, nos lleva con extraordinaria maestría.

Handel, Messiah - Hallelujah


Händel es junto con Bach, uno de los autores más completos del barroco musical. Su Mesías no solo es una de sus obras cumbres sino que a través de él se manifiestan una serie de elementos que marcaron los últimos años más sensibles de este autor alemán. 

miércoles, 4 de julio de 2018

Se cumplen 42 años del asesinato de Víctor Jara, el cantor de la democracia chilena, ejecutado en el Estadio Nacional de Chile.



El golpe de Estado Pinochet en 1973, uno de los hechos más trascendentales de la historia reciente de Chile


 Hace 40 años torturaron y asesinaron impunemente a una generación entera de chilenos.

40 años después del asesinato de VICTOR JARA Hugo Sánchez Marmonti, Raúl Jofré González, Edwin Dimter Bianchi, Nelson Haase Mazzei, Ernesto Bethke Wulf, Juan Jara Quintana, Hernán Chacón Soto y Patricio Vásquez Donoso, han sido condenados a 15 años
 
Te recuerdo Amanda
La calle mojada
Corriendo a la fábrica
Donde trabajaba Manuel
La sonrisa ancha
La lluvia en el pelo
No importaba nada
Ibas a encontrarte con él
Con él, con él, con él, con él, con él…
...

 Pero Amanda nunca pudo encontrarse con él...
 -¡A ese hijo de puta me lo traen para acá!
 "¡A ese huevón!, ¡a ése!"
 ¡Así que vos sos Víctor Jara, el cantante marxista, comunista concha de tu madre, cantor de pura mierda! -gritó el oficial.

“Mira mis manos… mira mis manos… me las machacaron para que nunca volviera a tocar la guitarra…”.
 Víctor Jara cayó al suelo despues de recibir 44 balazos,
su cuerpo fue llevado al entonces Instituto Médico Legal, donde un trabajador de militancia comunista lo recono­ció y avisó a su esposa Joan Turner, antes de que lo sepultaran en una fosa co­mún.

viernes, 29 de junio de 2018

YA PODEMOS VER EL PORTICO DE LA GLORIA DE NUEVO

 El Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela, considerada la obra cumbre del Maestro Mateo, ha recuperado su esplendor después de 50.000 horas de trabajos por parte de los equipos de restauración. La minuciosa labor llevada a cabo en el que se considera uno de los más destacados exponentes del Románico europeo llega a su fin, tras una inversión millonaria y cerca de diez años oculta por los andamios que han facilitado la minuciosa labor llevada a cabo por expertos nacionales e internacionales para completar su recuperación.

martes, 26 de junio de 2018

LA MUERTE DE UN AMIGO



Eran las tres de la madrugada en Moscú cuando sonó el teléfono. Mi hija Morgana llamaba para decirme que Lila y Fernando de Szyszlo habían muerto, desbarrancados por una escalera de su casa. Ya no pude dormir. Pasé el resto de la noche paralizado por un atontamiento estúpido y un sentimiento de horror.
Oí tantas veces decir a Szyszlo (Godi para los amigos) que no quería sobrevivir a Lila, que si ella se moría primero él se mataría, que, pensé, tal vez había ocurrido así. Pero, minutos después, cuando pude hablar con Vicente, el hijo de Szyszlo, quien estaba allí trémulo, junto a los cadáveres, me confirmó que había sido un accidente. Después alguien me informó que habían muerto tomados de la mano y, según los médicos, la muerte había sido instantánea, por una idéntica fractura de cráneo.

 Lo que me queda de vida ya no será lo mismo sin Godi, el mejor de los amigos. Fue un gran artista, uno de los últimos, entre los pintores, al que se podía aplicar ese adjetivo con justicia, y una espléndida persona. Culto, entrañable, divertido, leal. Enriquecía la noche con sus anécdotas y sus chistes cuando estaba de buen humor y sus juicios eran agudos y certeros cuando recordaba a las personas que había conocido y que admiraba, como Tamayo, Breton u Octavio Paz. Había en él una decencia indestructible cuando hablaba de política o del Perú, una falta total de oportunismo o cautela, una integridad que, sin buscarlo y a su pesar, en sus últimos años lo fue convirtiendo en su país en una autoridad moral cuya opinión era solicitada sobre todos los temas. Cuando estaba de mal humor se encerraba en un mutismo de sílabas, una inmovilidad de estatua y se le respingaba la nariz.

 Su pasión era el arte, claro está, pero la literatura le apasionaba también y había leído mucho, y leía y releía siempre a sus autores favoritos, y era una delicia para la inteligencia oírlo hablar de Proust, de Borges y oírlo recitar de memoria los sonetos más barrocos de Quevedo o el poema de amor que Doris Gibson inspiró a Emilio Adolfo Westphalen.
Cuando lo conocí, en julio o agosto de 1958, estaba casado con Blanca Varela. Vivían en un pequeño altillo de Santa Beatriz que era a la vez hogar y estudio. Desde el primer instante supe que seríamos íntimos amigos. La amistad es tan misteriosa e intensa como el amor, y la amistad de Blanca y Godi fue una de las mejores cosas que me han pasado en la vida, a la que debo experiencias estimulantes, cálidas, ésas que nos desagravian de los malos momentos y nos revelan que, hechas las sumas y las restas, la vida, después de todo, vale la pena de ser vivida.

Blanca y Godi se casaron muy jóvenes y fueron excelentes compañeros; ambos se ayudaron a ser, él, un magnífico pintor y, ella, una poeta delicada y sensible. Pero el gran amor-pasión de Szyszlo fue Lila, una mujer maravillosa que lo entendió mejor que nadie y le dio esa cosa elusiva y tan difícil que es la felicidad. Recuerdo ahora la alegría que chisporroteaba en cada línea de esa carta que me escribió cuando por fin pudieron casarse. Pensándolo bien, que hayan compartido ese final tan rápido y aparatoso, ha sido tal vez la mejor manera que tenían de morir. El problema ya no es de ellos, es de quienes nos quedamos todavía aquí, “intratables cuando los recordamos”, como dice el poema de César Moro, otro de los que Godi tenía siempre intacto en la memoria.
 Creo que Godi estuvo siempre cerca, ayudándome con su amistad generosa, en casi todas las cosas importantes que me han ocurrido. Nunca pude agradecerle bastante que, en los tres años en que las circunstancias me empujaron a actuar en política, él se dedicara también en cuerpo y alma a ese quehacer tan poco afín a su carácter, y, con otros dos amigos –Cartucho Miró Quesada y Pipo Thorndike- en la más delicada e incómoda de las responsabilidades: controlando la limpieza de las entradas y gastos de la campaña. Por supuesto que fue la primera persona en la que pensé cuando fui a recibir el Premio Nobel de Literatura y allí estuvo, pese a lo interminable del viaje y a los trastornos que a su salud infligían las largas travesías en avión. Muchas veces me había prometido que, si alguna vez incorporaban mis libros a La Pléiade, iría a acompañarme y, en efecto, allí apareció de pronto, en París, con Vicente, y su intervención, en el Instituto Cervantes, fue la más personal y celebrada de todas.
Muchas veces lo vi enfrentar, con estoicismo, las decepciones, tan frecuentes en la vida peruana. Pero hay una que lo desmoronó y no pudo superar nunca: la muerte de su hijo Lorenzo, en un accidente de aviación. Una herida que sangraba sin cesar, incluso en aquellos periodos en los que trabajaba mejor y parecía estar más animado. Nunca olvidaré la extraordinaria elegancia con que encajó esa carta pública, tan mezquina, de sus colegas peruanos, protestando porque se quisiera poner su nombre a un museo de arte moderno en Lima.

Esta mañana, mientras visitaba la galería Tretiakov, sin dejar un solo minuto de pensar en él, imaginaba cuánto mejor hubiera sido hacer este recorrido con él por la Rusia artística de los años diez y veinte del siglo pasado, la de Kandinsky, Chagall, Malevich, Tatlin, la Goncharova y tantos otros. Y recordaba lo mucho que aprendí a su lado, visitando exposiciones u oyéndole hablar de su propia pintura, algo que hacía rara vez y siempre para lamentarse de que cada cuadro que salía de su taller fuera, no importa cuán arduo lo trabajara, “una derrota irremediable”
.
Estaba más que apenado con la gran confusión que caracteriza al arte en nuestros días, como confiesa en la autobiografía, que se publicó en enero de este año (Alfaguara), con los embauques que se perpetran y que son consolidados por críticos y galeristas sin escrúpulos y coleccionistas codiciosos e insensibles. Él no embaucó nunca a nadie y sudó la gota fría para salir adelante, desde que abandonó sus estudios de arquitectura y comenzó a pintar, todavía muy joven, lienzos ligeramente influidos por el cubismo. Desde que descubrió el arte no figurativo se entregó a él, con disciplina, perseverancia y tenacidad, redescubriendo poco a poco, con el paso de los años, la realidad a través de su país. El arte de los antiguos peruanos se convertiría en una obsesión de su edad adulta e iría insinuándose en sus pinturas, confundiéndose con las formas y los colores más osados de la vanguardia. Hasta constituir ese mundo propio del que dan cuenta los misteriosos aposentos solitarios y geométricos, que tienen algo de templo y algo de sala de torturas, los extraños embelecos y tótems que los habitan y que con sus semillas, nudos, incisiones, rajas y medialunas, sugieren un mundo bárbaro, anterior a la razón, hecho sólo de instinto, magia y miedo. Pese a ser tan lúcido, probablemente ni él hubiera podido explicar todo aquello que su pintura convoca y mezcla, y que la clarividencia de su intuición y su buen oficio artesanal integraban en esos bellos cuadros inquietantes, incómodos y turbadores. Ahora que él ya no está más, nos queda su pintura. Tengo la seguridad de que durará más que su generación y que la mía y que muchas otras más.
El mundo a mi alrededor se va despoblando y quedando cada día más vacío
 Mario Vargas Llosa, 2017-publicado en EL PAIS