viernes, 9 de febrero de 2018

MOMO

MOMO  es pequeña, flacucha, con el pelo ensortijado, con tantas greñas que cualquiera diría que en su cabeza nunca había entrado un peine. Su pelo y sus ojos son negros, no de azabache sino como la pez. No se le echan más de ocho años pero ella confiesa 102.

 Vivía  debajo del escenario de las ruinas de un teatro de una ciudad que en tiempos pasado había tenido templos con estatuas de oro  y mármol con plazas donde la gente se reunía para hablar y escuchar y hoy la gente va en coche o en tranvía, van mirando un teléfono y en las plazas apenas queda sitio para jugar.
Allí, en aquellas ruinas, casi olvidadas, cubiertas de hierba, vivía MOMO.
Los vecinos se ofrecieron a cuidarla y entre todos limpiaron y le arreglaron una habítación. Un albañil construyó un pequeño hogar, un carpintero hizo unas cajas y una mesa con sillas y las mujeres trajeron una vieja cama y un colchón.  El albañil que tenía aptitudes artísticas pintó un cuadro.
Por la noche todos acudieron a celebrar una fiesta. Unos llevaron fruta, otros queso, un pedacito de pan y así todos llevaron un poco de la comida que les sobraba. La velada fue muy divertida y así comenzó la amistad de la pequeña Momo y la gente de los alrededores.

Momo estaba feliz, no pasaba hambre, tenía un techo y hasta podía encender una pequeña chimenea cuando tenía frío. Para los vecinos Momo se había hecho imprescindible, se habían dado cuenta de algo milagroso- Momo sabía escuchar- Siempre tenía un consejo y palabras de consuelo.

Sabía escuchar tan bien que hasta los más tontos se expresaban de forma inteligente. Un día se presentaron ante ella, Nicola, el albañil que le había arreglado su cuarto y pintado el cuadro, un hombre fuerte con mostacho negro y Nino, el arrendatario de un pequeño comercio, delgado y con aspecto de cansado.  Estaban muy enfadados, se habían presentado ante Momo porque se lo habían pedido los vecinos. Durante un rato se insultaron y  casi llegaron a las manos, pero pasado el acaloramiento descubrieron que todo el asunto solo se trataba de pequeñas bromas. Salieron a la plaza y se abrazaron, no sin antes darle las gracias a la pequeña Momo.


Momo tenía tanta capacidad de escuchar que hasta podía entender a los animales. Un día un chico le trajo un canario que no quería cantar. La tarea le resultó dificil, una semana tardó el pájaro en volver a cantar y silbar.

Momo escuchaba y entendía todas las lenguas: perros, gatos, grillos y ranas, incluso la lluvia y el viento.

Momo de Michael Ende

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